El mal que no se nombra

La desnutrición se vuelve parte de la vida de los niños en medio de la escasez

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Las paredes del Centro de Recuperación Nutricional de Riohacha están decoradas con animales de dibujos animados y debajo su nombre en wayuunaiki. Hace calor, casi tanto como en la calle. No hay aire acondicionado. La pediatra Iliana Curiel explica que lo primero que se pone en riesgo con la malnutrición es la grasa corporal y los niños corren el riesgo de hipotermia.

Al fondo hay una pequeña estancia con chinchorros, grandes piezas tejidas colgadas de las paredes de lado a lado y que los wayuus usan tradicionalmente como cama. En una de las salas principales, una docena de niños wayúu, con las barrigas abultadas, los brazos y piernas delgados, los ojos un poco sobresalientes, descalzos, con la ropa sucia, come el arroz con carne molida que sus madres les dan con la mano.

Los responsables del centro no dejan que se tomen imágenes del lugar. “No sabemos qué uso se le puede dar y los medios malinterpretan todo”. Mientras dan las explicaciones, una de las enfermeras, apostada en una esquina, toma varias fotos al equipo de periodistas con su teléfono celular.

Taller Historias del Agua

Peaje informal en el camino que conduce de la parte metropolitana de Uribia hacia Bahía Portete. Cuerdas, palos y cordones son utilizados para montar los retenes donde los adultos recaudan dinero para arreglar la vía. Los niños los copian y bloquean el camino para pedir galletas, panela, dulces, dinero o agua. El trayecto, de cerca de 70 kilómetros, pasando por trocha -camino angosto entre la vegetación- y por un descampado de arena, puede durar cuatro horas dependiendo de las condiciones del suelo.

Muertes evitables

Puede que la mente se le haya llenado en este instante de bombas, minas, atentados, invasiones. Saque esa idea y piense en un tipo de arma tan destructora que haga que un cuerpo consuma su propio cuerpo, que le robe la energía hasta secarlo o abombarlo, que le produzca un crujido tan fuerte en el estómago que le haga marearse, desfallecer. Morir. La Defensoría del Pueblo de Colombia publicó en 2014 un informe en el que explican que en el departamento La Guajira “se vienen presentando muertes evitables” cuyo número varía, pero que sólo en lo que transcurre de 2016, como mínimo, son 28. El arma: el hambre.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos calificó en la Resolución 60/2015 de diciembre pasado que la desnutrición de los niños de etnia wayuú en esta zona de Colombia era grave y urgente. Un problema cuyas raíces –el difícil acceso al sistema de salud, agua y alimentos–, penetran en la tierra seca e inhóspita de La Guajira, y se agudiza por el reciente cierre de la frontera con Venezuela.

Las cifras bailan. El Boletín Epidemiológico Semanal del Instituto Nacional de Salud (INS) cerró 2014 con 299 muertes, 49 en La Guajira. En 2015 bajan a 260 totales, 38 en esta zona del noreste de Colombia. Pero el organismo sólo contempla los decesos de menores de 5 años. Nada dice a partir de esa edad. Además, puede haber muertes que, aunque se derivan de la desnutrición, su causa final viene por otras dolencias, como infecciones o diarrea, y se contabilizan así. Y otras que ni siquiera se saben, porque no se notifican. La Asociación Shipia Wayúu calcula que en los últimos años 8 años podrían haber muerto 4.770 niños. No se puede hacer un contraste con los datos de INS de 2007 en adelante, porque el registro por desnutrición empezó a darse a partir de 2014.

No se sabe la magnitud que alcanza la desnutrición en La Guajira. Y no sólo por la falta de registros completos.

No todos reconocen que sus hijos, que ellos mismos, pasan hambre. Los surcos en la cara, los ojos cansados y la sonrisa, amable, en la que se dejan ver algunos huecos, pintan a Adriana Castro Epinayú como una mujer de avanzada edad, pero sólo tiene 38 años. Vive en la ranchería Kaspanapa (municipio Manaure), por la que pasea su vestido, completamente raído por detrás, de la mano de su hijo menor.

Comen, claro que comen, dice. Arroz, yuca, a veces carne o pollo. Y agua y maíz, porque al final, la chicha, ese alimento que los niños piden con ansía, que consumen con ansía de una botella plástica, no es sino agua y maíz, porque ni tan siquiera hay azúcar para terminar de completar la receta. Claro que comen, pero ya había pasado bien de largo la hora del desayuno y aún no se habían echado nada a la boca, el fuego estaba apagado y las ollas vacías.

No todos saben que no es normal que sus hijos tengan las piernas flaquitas y el vientre hinchado, les queda muy lejos el término médico kwasiorkor. Rosa María Ipuana, de Manaure, no sabe su edad. Ha tenido 9 hijos. Tres de ellos han muerto por los mismos motivos que ahora, los menores, de apenas 7 meses, dos y cinco años, tienen manchas y erupciones en la piel, les falta pelo y lloran.

Wilder Camilo, el de dos, fue lo que los médicos llaman un “niño destronado”. Cuando Rosa María quedó embarazada de José David, dejó de darle el pecho a Wilder Camilo. Éste empezó a alimentarse de chicha y arroz. Y sin las proteínas que le proporcionaba la leche materna ni algo que lo sustituyera, empezó su proceso de desnutrición.

Rangel (11) es el más espabilado de todos. En una batea con agua dudosamente limpia refriega a Wilder Camilo y le pone la misma ropa llena de tierra que llevaba antes del baño. Su maestra, Isoldina, cuenta que él y Sandi José (7) muchas veces se marean en clase y que no rinden lo que otros niños. Rangel tiene todas las papeletas para ser parte del “círculo vicioso de la desnutrición”, aquel que comienza con una mujer indígena, de bajo peso, sin estudios, como Rosa María, que tiene un bebé de bajo peso, donde no hay control de crecimiento ni vacunación. Ese niño puede que acuda a la escuela, pero tendrá retraso en la talla y probabilidad de enfermarse con más facilidad que otros compañeros, además de distinta capacidad para aprender. Llegará a la adolescencia y no rendirá igual. Desalentado, saldrá del sistema de escolaridad para dedicarse a trabajos manuales o a tejer, en caso de ser mujer.

Con ningún horizonte halagüeño por delante, pronto tendrá descendencia a la que apenas podrá mantener y alimentar. Sin atención, sin programas interculturales que se ocupen del problema, puede que esos niños formen parte de las “muertes evitables” del futuro.