El límite en una frontera inexistente

El pueblo indígena Wayuu vive en medio de una frontera que para ellos no existe.

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Los peligros de la trocha

A pocos metros de la frontera oficial entre Venezuela y Colombia, en La Guajira, cerrada desde 2015 por el gobierno de Nicolás Maduro, ha surgido un rudimentario sistema de peajes. Son cuerdas o cadenas, separadas por unos pocos metros entre sí, con la que algunos habitantes de Paraguachón (La Guajira, Colombia) tratan de ganarse unos bolívares.

"He decidido (…) proceder al cierre del paso fronterizo a Paraguachón, en el estado Zulia, para seguir avanzando en la liberación de delitos, criminales, paramilitares, contrabandistas. Hemos acordado el respeto a la libertad de paso del pueblo wayuu", fue el pretexto del mandatario venezolano cuando hizo el anuncio el 7 de septiembre de 2015. Un mes antes había clausurado el paso a Colombia por el estado Táchira.

“Está la patrona ahí. Son 200 bolos (bolívares)”, dice un joven con gorra que resguarda un peaje informal en uno de los múltiples caminos de tierra por donde cientos de personas burlan cada día el cierre de la frontera.

“Son 300”, dice a su lado otro, mucho más serio, con lentes de sol oscuros y la mirada fija en los pasajeros de un Toyota Burbuja. “Eso es el portón. Esto es la zona”, justifica el doble pago.

“Se necesita un saco de plata para llegar hasta allí. Y Venezuela es más caro. Pa’ salir hasta allá se gastan como 3.000 bolívares en puras cadenas de esas”, confiesa Miguel (nombre ficticio), un hombre espigado de más de 60 años y uno de los vecinos que cobra a los viajeros. El monto que refiere equivale a un quinto del salario mínimo en Venezuela que está en 15.051 bolívares.

Las distorsiones del control de divisas establecido por el Gobierno venezolano, hacen difícil expresar esa cifra en dólares. Al cambio en la frontera son unos 9 mil pesos (USD 3), pero al cambio oficial en Venezuela serían USD 300. Ninguno de los tipos de cambio refleja la realidad de lo que le cuesta a un venezolano promedio disponer de 3.000 bolívares.

Su cuerda está a solo unos pasos de donde la policía colombiana descansa ante el puesto de control migratorio que lleva meses inactivo, como la mayoría de los pequeños negocios de comida en torno al punto fronterizo, que ahora lucen desolados a los costados de dos enormes estatuas blancas de cemento con las iniciales de los dos países “V” y “C”.

“Antes, que estaba la frontera abierta, había muchas cosas”, relata Miguel, que se protege del inclemente sol de esta zona de La Guajira con una gorra de propaganda de Francisco Arias Cárdenas, nombre del gobernador oficialista del fronterizo estado de Zulia. Para él, exigir un pago en las trochas (las vías alternativas que comunican a los dos países) es una de las pocas fuentes de ingresos para quienes viven en la zona.

Según datos del servicio de Migración de Colombia, más de 1,600 personas cruzaron legalmente la frontera entre de Paraguachón en abril de 2016, una cifra muy inferior a las más de 10,000 que hicieron ese mismo recorrido en julio de 2015, un mes antes del cierre de esa línea divisoria por el gobierno de Maduro.

Pero muchas más hacen ese camino sin que quede más registro de ello que el pago que a los vecinos en las trochas.

“Nosotros tenemos más de 60 años aquí (…) esto siempre ha existido”, refiere Miguel. Cuenta que ese cobro no es nada nuevo, pero los caminos que antes estaban reservados a los camiones y vehículos que llevaban mercancías de contrabando ahora son la única opción para la mayoría de las personas que quieran transitar entre los departamentos de La Guajira y Zulia.

El negocio de poner una cuerda o cadena para cobrar a los viajeros, se está volviendo tan suculento que ya ha provocado disputas en la zona. Algunos de los jóvenes que resguardan los mecates aseguran poder ganar hasta 50,000 bolívares en un día bueno, que es tres veces más de lo que gana en un mes cualquier trabajador venezolano que devengue sueldo mínimo.

“Estos guajiros (wayúu) están peleándose las tierras. Como esto se ha vuelto una mina, entonces están peleándose los pedazos, el territorio. Ese que está cobrando es para la guerrilla”, dice en referencia al joven de lentes de sol que pedía 300 bolívares “por la zona”.

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Además de costoso para el viajero, el cruce de Colombia a Venezuela por caminos de tierra llenos de huecos puede ser muy peligroso por los asaltos en ese trayecto, según relatan vecinos y pasajeros.

Familias wayuu separadas por la frontera

“Tenemos que viajar por las trochas obligatoriamente y es muy peligroso porque ahí nos pueden atracar. Hasta han violado a las mujeres que viajan…”, se lamenta Zoleidy Atencio, de 39 años, y originaria de la ciudad venezolana de Maracaibo.

Como miembro de la comunidad wayuu, para ella, la frontera que un día impusieron los Estados de Colombia y Venezuela sobre sus territorios ancestrales, no existe. Por eso, los más de 600.000 miembros que conforman ese grupo son los únicos que pueden cruzar a pie el paso fronterizo oficial. Pero Zoleidy solo puede llegar de la ciudad colombiana de Maicao, donde trabaja, a Maracaibo, donde viven sus cuatro hijos, tomando un Toyota compartido con una decena de personas que pasa través de la trocha.

“Tenemos que pagar mucho más de lo normal. Los pasajes también los han subido bastante”, cuenta esta mujer que ha pasado de pagar 500 bolívares por ese trayecto a entre 3.000 y 3.500, tras el cierre de la frontera.

Pese a haber vivido toda su vida en Maracaibo, a Zoleidy la crisis económica venezolana le empujó a dejar su ciudad natal para desempeñarse como asistente de cocina en un restaurante de La Guajira, donde va a comenzar a trabajar 24 días al mes como interna, para después cruzar la frontera y reencontrarse seis días con sus hijos en Venezuela.

Ella ha pasado de ganar un sueldo mínimo en Maracaibo a ganarlo en Maicao, pero, por la depreciación del bolívar, el salario en pesos colombianos le rinde más y le permite dar un sustento a sus hijos.

Y precisamente eso es lo más duro de su nueva situación: tener que vivir separada de ellos. “El niño está en la edad de adolescencia y para mí es muy difícil porque él podría agarrar la mala vida, la calle, como ahora abundan muchas cosas así: que si la droga, que si esto… Mi temor es que vaya a agarrar el mal camino porque no estoy con ellos”, cuenta preocupada.

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Migración a la inversa

Zoleidy no es la única en buscarse la vida del otro lado. De ello dan fe los líderes de las comunidades fronterizas que han visto un aumento de las personas que llegan de Venezuela en busca de oportunidades.

“Ha habido mucha migración de allá (Venezuela) para acá (Colombia), porque allá está invivible: no hay comida, no hay trabajo...”, afirma Juvenal Paz Palacio, representante del resguardo indígena de Okochi. “Aquí teníamos un problema de desempleo que ahorita se ha aumentado por esa situación”, agrega el líder comunitario wayuu.

Su región, La Guajira, ha sido golpeada en los últimos años por una fuerte sequía que ha privado a las comunidades de los productos agrícolas que enriquecian su dieta y ha disparado el índice de desnutrición y mortalidad infantil.

Según el Ministerio de Salud, solo en 2015 murieron 38 niños wayuu menores de 5 años por desnutrición. Eso llevó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a pedir al gobierno colombiano a tomar medidas cautelares.

Con ese panorama, las opciones para muchos en esta frontera prácticamente se limitan a dedicarse al comercio de mercancías, una de las actividades tradicionales del pueblo wayuu.

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Insumos que escasean en Venezuela, abundan en Maicao

Un bazar de productos venezolanos

Cerveza Polar y Regional, jamón enlatado Diablitos Underwood, detergentes Ariel, ACE y Rindex, champús y jabones de baño con el precio en bolívares y hasta medicinas genéricas Genven expuestas a pleno sol. El mercado callejero de la ciudad de Maicao podría ser un sueño para cualquier venezolano que pierde buena parte del día haciendo cola en las tiendas de estanterías semivacías de un país fuertemente golpeado por la escasez.

Y si no fuera por los comentarios de los vendedores, pareciera que la falta de productos básicos venezolanos ha ignorado a este bazar al aire libre de la ciudad guajira. En Venezuela la escasez y desabastecimiento de productos de primera necesidad es uno de los problemas que más afecta a la población. El índice de escasez de ubica en 80%, según la encuestadora Datanálisis, citada por el diario venezolano El Nacional. En territorio venezolano los ciudadanos deben hacer largas colas para conseguir alimentos y productos de higiene personal, no es posible entrar a un supermercado y conseguir arroz, leche, harina, desodorantes, ni papel higiénico, entre otros. La abundancia de estos productos en las calles Maicao, contrasta con el desabastecimiento y la escasez en Venezuela, especialmente porque muchos de los que se venden en el pueblo fronterizo, son de marcas venezolanas.

“Está más cara por la escasez”, apunta un vendedor en referencia a un kilo de leche en polvo que vende por 11.000 pesos colombianos (más de 3,5 dólares). En su mano, un paquete de la marca Casa, que vende y distribuye exclusivamente el gobierno venezolano, con la leyenda “Prohibida su extracción del territorio nacional” y cuyo precio regulado en Venezuela es de 70 bolívares (unos 200 pesos colombianos al cambio en la frontera).

En medio del ajetreo típico de las ciudades fronterizas, entre casas de cambio ambulantes, personas que cargan como pueden todo tipo de mercancías, camionetas Toyotas que salen repletas de gente y productos para cruzar la trocha hacia Venezuela y algún que otro evangélico que predica la palabra de su Dios megáfono en mano, en cualquier rincón de Maicao se pueden ver puestos de gasolina contrabandeada, incluso frente a las bombas de gasolina oficiales.

Pero con la devaluación del bolívar y la crisis del país vecino, el negocio está ahora del otro lado de la frontera y los comerciantes, en su mayoría wayuu, están cambiando el rumbo del envío de sus productos.

“Ahora las cooperativas tenemos permiso para transportar productos colombianos al estado de Zulia”, asegura Eddy Rafael Torrealba, un comerciante de 35 años que asegura llevar tantos años en el negocio que es como si hubiera “nacido en la trocha”. “La mayoría del comercio la llevamos los guajiros (los wayuu) porque somos los dueños del territorio”, dice mientras un grupo de hombres llena un camión con un cargamento de harina de trigo La Nieve. El vehículo saldrá hacia Venezuela con 220 bolsas de 20 kilos y 150 bolsas de 50 kilos de ese producto.

Es un ritual que se repite en diferentes puntos de la ciudad durante todo el día: llega un camión vacío y no se sabe muy bien de dónde surge una hilera de muchachos que, como hormigas, cargan paquetes de harina, azúcar, aceite y otros productos básicos y colocan unos cordones amarillos para que nada se caiga.

Una vez lleno, solo queda que todos los comerciantes se suban al camión y esperen a que el carro “mosca” (el que les guía), les avise cuando la frontera esté libre de policía.

Alejandro Uriana se unió a una cooperativa que comercializa productos entre Colombia y Venezuela después de perder su trabajo como albañil en Maracaibo: “Cargo harina, aceite, azúcar y se lo distribuyo a las tiendas y a los supermercados porque (en Venezuela) no tienen nada”, confiesa ya con el camión lleno y a la espera de que la vía esté libre de vigilancia para partir.

Según cuenta, pese a que el ejército venezolano les permite el transporte de mercancías de Colombia y hasta les da protección, sacarlo del territorio colombiano es ilegal y le toca pagar varios peajes informales para poder transportar sus productos hasta Venezuela. “Ahora tengo que pagar a los de las guayas (barreras), a la guardia. A la policía colombiana le ofreces y te deja pasar. Eso encarece bastante los costos”, apunta.

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Pese a que ahora, con la crisis venezolana, parecen contar con el beneplácito de las autoridades de ese país, el negocio de los wayuu suele ser estigmatizado en ese país donde no es raro oír a la gente referirse a ellos como “bachaqueros”, un término que en Venezuela se usa para definir de forma despectiva a quienes acumulan alimentos para venderlos con sobreprecio.

Pero las autoridades originarias tratan de desmontar lo que consideran un estigma. “Alguien que traiga tres o cuatro pacas de arroz, una de leche y una de avena, para mí eso no es contrabando. Es una estrategia de sobrevivencia”, apunta el palabrero Andrónico Urbay, que ejerce la figura tradicional de mediador del pueblo wayuu.

A su juicio, el problema es que su comunidad no tiene alternativas de empleo en ninguno de los dos lados de la línea divisoria y que los gobiernos de ambos países descuidan la frontera.

Pero el desprecio del oficio hace que muchos wayuu quieran un futuro diferente para sus hijos. Ese es el caso de Norma Fernández, una comerciante de 47 años nacida en el estado de Zulia y con más de un cuarto de siglo a sus espaldas dedicada al comercio informal.

“Hoy en día no quisiera que mis hijos siguieran con lo que yo hago. Todo lo que yo hago, más que todo, es por mis hijos para que estudien”, confiesa.

Lo que hace, coordinar el envío de mercancías, tiene lugar entre dos países que la reconocen como ciudadana de sus territorios. Pero para ella que, como muchos wayuu tiene cédula de ambos países, la frontera no existe.