Apalaanchi: Pastores del mar

Apalaanchi: arulejulii saaka pa´laa

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La faena de José Jusayú

Tü Niyataiin José Jusayú

Los pescadores tradicionales wayúu arriesgan su vida a diario para conseguir el sustento de sus familias. Cada día es más difícil conseguir buena pesca. Eso los ha obligado a alejarse de las orillas. Esta es la historia de José Jusayú, un hombre que pertenece a las más de 80 comunidades que en La Guajira viven de la pesca, a lo largo de los cuatro municipios costeros: Riohacha, Manaure, Uribia y Dibulla.

La jornada de José, un Apalaanchi de 60 años empieza a las 5 de la tarde. A esa hora llega a la playa a alistar sus materiales: chinchorro (red de pesca), lancha, boyas, pimpina de gasolina, aceite de motor, impermeable y cobertor. Poco más lleva a la travesía. Apalaanchi es una palabra en lengua wayuunaiki que significa pastor del mar o corazón volcado al mar. Es así como entre los indígenas de La Guajira se conoce a los pescadores.

José Jusayú es un empleado de lancha, la última escala en la línea de los pescadores artesanales que empieza con quienes son dueños de lancha de fibra de vidrio con motor, cayuco de madera con motor, sigue con los que viajan a vela, quienes se desplazan a remo y finalmente quienes están en la categoría de José: que trabajan en lanchas ajenas.

A las siete de la noche, con todo listo, José y su ayudante prenden el motor y se alejan de la playa 2 kilómetros en un camino de olas que suben y bajan y chorros de agua que se cuelan en cubierta. Desde los 10 años cuando aprendió a sacar el agua a baldazos de la lancha, o a achicar, como se le conoce a esta labor, este hombre no se ha alejado de las aguas.

Una hora demora el camino hasta esos 2 kilómetros mar adentro donde los hombres lanzan el ancla y empiezan a tirar al agua la montaña de hilos que llevan en cubierta. Son 2 kilómetros de red de enmalle o chinchorro con una boya en cada braza, la medida que usan los marinos (de aproximadamente 2 metros).

Una vez cae el último hilo se escucha la orden de José: “vamos a dormir”. Entonces capitán y marinero extienden una lona y se recuestan sobre las maderas de la lancha que baila de un lado a otro mientras el agua se le cuela entre las grietas. Es una lancha vieja, saben que lleva días agrietada; sin embargo el dueño espera en la orilla el dinero del producido y José tiene que darle de comer a varios de sus ocho hijos, por eso se hace a la mar sin remilgos a pesar de los riesgos. Cada noche, los dos, capitán y marinero duermen cobijados por las estrellas y por una delgada manta. José se levanta varias veces a achicar, solo así garantiza el regreso.

Antes del amanecer se oye un grito: “a ¡levantarse compañero!” y con algunas pocas palabras en wayuunaiki le indica al ayudante que vaya a proa a halar chinchorro. Duran hora y media recogiendo las cuerdas que traen enredadas unos pocos peces: macabí, corvineta, lebranche, tres bagres, un amarillo, una cojinúa, una mochila y una decena de panchitas, unos peces delgados como galletas. “Para quedar lleno hay que comerse unas 10 de esas”, dice José con resignación. “A veces se pesca y a veces no”, añade mientras la montaña de hilos lo va cubriendo hasta el pecho y los peces muertos se acumulan a un lado del bote.

Del pargo rojo, tan abundante en otros tiempos, del mero y el róbalo que hace años se acumulaban en las redes no llegó ni el rastro. Solo quedaron los mordiscos de un tiburón que aprovechó la noche y el desespero de los peces atrapados para mordisquear a algunos. Al sacarlos queda poco de ellos.

A José le toca conformarse, comer y vender esos pescados que antes se despreciaban. Hoy lo que salga es ganancia, aunque sea de dos mil pesos, que es lo que se paga en la playa por una ensarta (peces unidos por un hilo) de 10 panchitas.

La pesca ya no es lo que era antes. Y no solo por el daño que dejaron las grandes camaroneras que arrasaron hace décadas ecosistemas enteros con sus redes de arrastre, sino por el deterioro de los manglares que protegían a los recién nacidos, por las exploraciones sísmicas de los petroleros, por el cambio climático y por las mismas redes como la de José, que han ido disminuyendo el tamaño de los ojos y recogen animales cada vez más pequeños. No les dan tiempo ni de reproducirse.

Cada vez hay más demanda de pescado, más pescadores y menos peces en el mar, señalan los expertos. Quienes viven de lo que dan las aguas se mantienen en ese ciclo vicioso de apuntarle a peces cada vez más juveniles para no morir de hambre, pero las prácticas del hambre los están dejando sin comida.

El negocio con el dueño de la lancha funciona así: De lo que se vende se saca para la gasolina. Cada pimpina cuesta unos 25 mil pesos. Lo que queda se reparte mitad para el propietario, y la otra mitad la comparten los trabajadores. Así, cuando la pesca está escasa regresan a casa con las manos vacías; en un mes de brisas como mayo los peces no llegan a las redes. Tal vez cuando se vayan los vientos, los animales regresen. Los dueños de lancha, en su mayoría criollos, suelen tener dos o tres embarcaciones. Según los registros oficiales, apenas un 30% de los wayuu que se dedican a la pesca son dueños de lancha.

A lo lejos aparece una canoa de vela hecha con retazos de tela. “Tómele una foto a ver si alguien nos ayuda”, dice José.

Viaja sin brújula, sin chaleco salvavidas, sin agua o alimento para la travesía. Cuando el motor en el camino de regreso se apaga, solo confía en que las periodistas que viajamos con él hayamos guardado un tanto para volver a prenderlo.

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Taller Historias del Agua

Por el litoral guajiro se oye hablar del fantasma de los Vikingos, una gran empresa camaronera que destruyó los ecosistemas marinos de la región con sus redes de arrastre.

Aunque Vikingos ya no existe y la industria de camarón se vino abajo desde los años 90, el fantasma de la devastación perdura en la mente de los habitantes.

En casi 20 años el mar no se ha podido recuperar del impacto que dejó. No es solo biológico, sino social y económico.

Pero hoy hay otros problemas. Las malas prácticas de los pescadores tanto artesanales como industriales, que utilizan redes que capturan peces cada vez más pequeños.

El exceso de embarcaciones pesqueras; el deterioro del manglar; las exploraciones sísmicas.

Y el cambio climático que ha calentado las aguas y ha hecho migrar a los peces en busca de las corrientes más frías que son las que llevan los nutrientes, han impedido que el mar se recupere.

A eso se suma la llegada de especies invasoras como el pez león, que se alimenta de las larvas de otros peces y les impide desarrollarse.

No hay pescado

Nojotsü Jimee

Las mujeres wayúu esperan los cayucos en la playa. Ellas son las que venden los pescados. Los limpian, los escaman y los ensartan siguiendo la armonía de un collar.

Algunas caminan por las calles y otra se estacionan en un andén del mercado. Con el dinero que obtienen compran alimentos para la familia. Cuando hay brisa, si la luna está clara, si no llueve, el mar riega sus riquezas. La multiplicación de las lanchas y la devastación de los arrecifes han causado que no se capturen peces y los botes regresen vacíos. Las mujeres esperan, pero ya no tienen producto para vender. “No hay pescado”, le dicen a sus clientes y siguen esperando que el mar los vuelva a alimentar. ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­